La mitad occidental del Imperio se disolvió ante pueblos que, en distinto grado, llevaban siglos romanizándose y transformándose.
No eran los «bárbaros simples» que sugiere el comienzo de Gladiator, situado
casi tres siglos antes del final político de Occidente. Peter Heather distingue
una periferia interior, estrechamente vinculada a Roma, y otra exterior,
conectada de forma más indirecta. Comercio, subsidios, servicio militar,
diplomacia y guerra transmitieron durante siglos riqueza, armas, prácticas e
ideas. La frontera no separaba dos mundos inmóviles: era una zona de cambio.
Anglosajones, alanos, hunos, ostrogodos, francos y otras agrupaciones no
compartían origen, relación con Roma ni destino. Sí compartieron una gran
capacidad para reunir poblaciones diversas, movilizar fuerza militar y
aprovechar las redes y vacíos del sistema imperial. Sus identidades no eran
estancas: combinaron culturas, tecnologías y élites, y crearon estructuras
de poder complejas con nuevas normas sociales y legales, a menudo reutilizando
y transformando elementos romanos.
El Imperio occidental tampoco era el de quinientos años antes: habían cambiado
la religión, la ciudadanía, el ejército, la administración y los centros de
poder. Su disolución combinó luchas por la legitimidad, guerras civiles y la
pérdida de territorios fiscales que financiaban al ejército. Más que olvidar
toda su tecnología, Roma vio reducirse su ventaja mientras sus vecinos
aprendían.
Oriente sobrevivió porque conservó más recursos, una administración operativa
y una geografía defendible, pero también porque supo reducirse, reorganizarse
y legitimar de nuevo el poder imperial. Resistió a Persia y, aunque perdió tres
cuartas partes de su territorio frente al califato islámico, reconstruyó un
Estado viable en Anatolia y el Egeo. Después convivió y combatió con nuevos
poderes islámicos y europeos hasta 1453. Su continuidad no consistió en
permanecer igual, sino en cambiar lo suficiente para seguir siendo Roma.